Por: Jesús Arboleya Cervera
Por lo general, las embajadas norteamericanas en el mundo semejan grandes fortalezas. Cinturones de seguridad con vallas alambradas, obstáculos al tránsito, detectores de armas y explosivos, así como garitas con marines portando sofisticados fusiles de guerra, sirven de antesala al ingreso en estos recintos diplomáticos.
En Cuba no es así, apenas ha sufrido cambios el edificio de seis plantas con grandes ventanales de cristal inaugurado en 1953. Está ubicado en pleno Malecón habanero, una de las zonas más concurridas de la ciudad. El acceso es directo desde la calle y de la seguridad física se ocupan fuerzas policiales cubanas, apostadas en las aceras que la rodean. Es común encontrarse a diplomáticos y marines corriendo frente al mar. Ni en Washington parecen sentirse más seguros.
