Lo tomó de sorpresa, porque Pedro Méndez es tan inmenso como humilde. De saberlo, no habría recibido la noticia en pijamas y frente al televisor, pero febrero escogió su tarde más fría para sacudirle la morriña del invierno: el padre de los melaítos, el artista gigante, recibió de una vez y por todas el lauro que le pertenece desde hace mucho.
Sucede que un Premio Nacional de Periodismo José Martí, por la Obra de la Vida, no se asimila sin sobresaltos. A Pedro se le agotaron las palabras —al menos, las publicables—, y pasó de soltar chistes y embromar lo serio, a regalar abrazos y sonrisas que encogen el pecho. En este minuto, quizás, sea tan feliz como una criatura de cinco años, y eso lo sé, aunque la frase haya sido breve y sin barniz de protocolo. «¿Estás muy contento? ¡Ave María chica!».
