por: Katiuska Blanco
Probablemente la voz de Enrico Caruso aún se escuchaba en el fonógrafo de la casa, aquel aparato de trompeta con estampa de caracol que a él le parecía el comienzo de todos los infinitos y de un rumor que no se apagaría nunca en su espíritu hasta convertirse en tempestad o sinfonía en el alma: ansia de justicia; maravillosa, temeraria e inextinguible pasión que se avivaría primero en el niño y luego en el hombre Fidel Alejandro Castro Ruz, una emoción no sólo para sí, sino esencialmente, para los demás, como una vocación de vida indeclinable.
Una vez en su despacho de luces doradas en el atardecer y soladuras de barro en el piso, donde sus zancadas resonaban dulcemente de uno a otro lado de la habitación, me dijo: “Las ideas se desarrollan, Katiuska, las ideas se desarrollan”, afirmación que me llevaría a pensar que también los sentimientos palpitan, se desenvuelven, afloran. En el Comandante Fidel, la rebeldía ante lo injusto fue creciendo siempre, así como la búsqueda incesante de la justicia para todos en cualquier rincón de Cuba, Nuestra América o la humanidad.
