Cuando en diciembre de 2013 abrió en La Habana el primer mercado mayorista agropecuario, El Trigal, uno de sus objetivos era que se redujera el precio de los alimentos del campo y que estos llegaran a los hogares sin intermediarios. Amparado por el Decreto 318 (839 Kb en PDF) de noviembre de ese año, la cooperativa concentradora se constituyó con 10 socios en un área de 16 mil metros cuadrados y 292 espacios para que los productores, luego de cumplir con sus compromisos con el Estado, comercializaran su mercancía.
Sin embargo, su función no contempla establecer precios, sino que se limita al alquiler de espacios y servicios a los pequeños agricultores, a las cooperativas (con sus vendedores) y a los vendedores mayoristas de productos agropecuarios que hacen uso de la instalación (compradores/vendedores que van por los campos comprando a los campesinos y lo traen a vender aquí, con los precios más caros), explica Tatiana Oliva, vicepresidenta de la cooperativa. “No participamos de la comercialización, de hecho no tenemos nada que ver con el precio, que se da por oferta y demanda. Desde la base, es la cooperativa o el pequeño agricultor quien fija el precio de su mercancía. Aquí lo regulan según la cantidad de productos. Ellos van midiendo. A medida que avanza la jornada puede bajar un poco, según el nivel de oferta y demanda.
