Al margen de los cambios operados, a nuestro periodismo -en buena medida aun tendente a la configuración de un monocorde paisaje editorial acuciado de encargos, coyunturas, letanías y retórica informista-, le viene bien santiguarse con el agua bendita de los géneros opinativos, la visión crítica e interpretativa del mundo en que vivimos (visto ello en la amplitud de todas las escalas o áreas temáticas; no solo enfocada a censurar el banco roto del parque o decir que llovió porque está mojado), y la crónica, la imprescindible crónica.
La delegación de la Unión de Periodistas de Cienfuegos tuvo a bien entenderlo y desde hace justo diez años le propina, sin variación, el más oportuno espaldarazo a un género que, a efectos de su concreción editorial, ha de sumar a la intención del autor el afecto del editor en pos de respaldarlo a la hora de fraguar los esquemas de publicación de los diferentes órganos de prensa. Todo en la vida, y en el periodismo también, es una cuestión de entendimiento, aunque algunos lo comprendan demasiado tarde.
