Por: Luis Toledo Sande
Hace pocos días por calles de La Habana un hombre relativamente joven —no muchacho— arrastraba, llenas de viandas, dos cajas plásticas similares a las empleadas para empacar botellas. ¿Sería uno de esos mensajeros que llevan víveres a domicilio, o un revendedor? En ambas llevaba, prendidas a sendas pequeñas astas, banderitas cubanas de las que hace un tiempo se portan en actos públicos.
Esas banderas, por ser de un material mucho más duradero que el papel, no terminan profanadas en la basura, y pueden tener luego otros usos, como en las cajas de las que aquel hombre tiraba de un modo que al testigo le pareció que revelaba orgullo, como en los diplomáticos al engalanar su automóvil con la enseña del país que representan.
